11 ene. 2013

La Vida Sexual De Catherine Millet; de Catherine Millet

Ensueños 

La relectura de las páginas que anteceden convoca imágenes más antiguas, imágenes que esta vez eran inventadas. Cómo las concebí, mucho antes de haber tenido mi primera relación sexual, muy lejos aún de perder mi ignorancia, constituye un misterio seductor. ¿Qué jirones de la realidad —fotografías de Cinémonde, alusiones de mi madre, como cuando, al salir de un café donde hay un grupo de jóvenes, y una sola chica entre ellos, refunfuña que ésa debe de acostarse con todos, o también el hecho de que mi padre vuelva tarde por la noche, precisamente después de haber ido al café...— he recobrado o ensamblado, y qué materia instintiva he moldeado para que las historias que yo me contaba friccionando entre sí los labios de mi vulva prefiguraran tan bien mis aventuras posteriores? Incluso he conservado el recuerdo de un caso criminal: la detención de una mujer ya entrada en años, humilde (debía de haber sido algo así como sirvienta en una granja), acusada de haber matado a su amante. Lo que me chocó, más que el asesinato, cuyas circunstancias he olvidado, fue que hubiesen encontrado en su casa cuadernos en cuyas páginas apuntaba recuerdos y pegaba toda clase de pequeñas reliquias, fotos, cartas, mechones de pelo, relacionados con sus amantes, de los que se había descubierto que fueron extraordinariamente numerosos. A mí, que era aficionada a los herbarios de los deberes de vacaciones y a los álbumes bien ordenados donde conservaba fotografías de Anthony Perkins o de Brigitte Bardot, me admiró que ella hubiese podido reunir en unos cuantos blocs el tesoro de aquellas huellas de hombres, y un recoveco secreto de mi libido se sintió tanto más turbado porque aquella mujer era fea, en definitiva solitaria, salvaje y despreciada…. 

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